Escenarios para la imaginación

Notas sobre el proyecto pictórico de Daniel Lezama

Harald Kunde

 

Al ver en persona y por vez primera los grandes formatos de la obra de Daniel Lezama, los espectadores se sienten a la vez intimidados y sorprendidos. Ante sus ojos se desenvuelve con un grado de vigor que se asocia habitualmente a los Grandes Maestros, una narrativa pictórica cuyos elementos constitutivos parecerían extraños y exóticos (por lo menos para una mirada europea) y cuyas imágenes sugieren de forma vívida para todos los sentidos, un tiempo muy lejano al nuestro. Una red de deseo y violencia, de fertilidad animal y de un ciclo natural de muerte y renacimiento permea estas febriles obras de la imaginación, que parecerían estar a las antípodas del clima creado por las negaciones conceptuales de la narrativa. Esto se complementa con una presentación suelta y despreocupada, que parece haberse liberado de los grilletes anémicos de consideraciones tales como la corrección política, los debates de género, o las letanías sobre la muerte de la pintura. Diríase que se sostiene únicamente sobre la percepción de los aspectos vitales de la existencia. Por esta razón sorprende que tales condiciones no hayan resultado en clichés étnicos o folclóricos. Educado por las tradiciones de la historia occidental de la pintura, Daniel Lezama ciertamente se considera a sí mismo heredero de héroes tales como Caravaggio, Goya, Courbet, y Manet, y conoce bien la fascinación que ejerce un pincel sofisticado.

 

Él entiende su cuerpo de trabajo como resultado de un proceso continuo de combinar orígenes híbridos, formando así una identidad que fluye conforme el peso se translada de un elemento a otro. Las polaridades rígidas, como las de abstracto y figurativo, contemporáneo e histórico, o tambien las de hombre y mujer, madre, hermana o amante, se disuelven como en un sueño, y se reconfiguran en nuevas constelaciones nacidas de la naturaleza delirante, grotesca y exagerada de sus transformaciones. Es precisamente en este punto donde Daniel Lezama accede al escenario contemporáneo de los discursos visuales de la pintura enfocados a la producción de realidad y su magnificación mágica. No es ninguna coincidencia que él sienta una conexión espiritual con los mundos pictóricos de la Nueva Escuela de Leipzig en general, y con el de Neo Rauch en particular. De hecho, algunas de sus obras nos hacen pensar que fueron pintados por el hermano trasatlántico pródigo de Rauch.

 

(…)
La figura de un niño, ligera y borrosa, emerge de estos tumultos corporales. Es un vidente y un vocero que permanece conectado a los acontecimientos a traves de un cordón umbilical, y a pesar de ello no es del todo parte de ellos. Su esencia es distinta. Es el mediador del tránsito de tiempos y culturas. Es, por supuesto, el artista mismo, en una encarnación ideal, anterior al mal y a la Caída. El mundo al otro lado de las ventanas cerradas del taller del artista podrá funcionar de acuerdo a otras leyes, pero de éste lado, reinan las libertades ilimitadas de la imaginación de Daniel Lezama.